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Modelo: Enagua con Villone Simple
 
Modelo: Enagua con Tres Aros
 
Modelo: Enagua con Villone Armada
 

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Historia:

Enagua Armazon Crinolina Miriñaque:

 

Existen prendas secretas y martirizadoras debajo de los vestidos de novia y de fiesta.

Entre 1840 y 1870, la silueta femenina se compuso de cinturas de avispa y faldas amplísimas que barrían el piso. Este estilo era excelente para ocultar caderas voluminosas, piernas cortas y glúteos excesivos, pero también era incomodísimo para circular, correr y sentarse.

Ese efecto se conseguía con un artefacto conocido como miriñaque, y que existía desde los días del Quijote donde era llamado “verdugado”. El famoso miriñaque era una armazón de varillas de madera o metal flexible que levantaba las faldas como una tienda de circo y que necesitaba de una experta caminante que no se enredase y se fuese al suelo impulsada por esa misma trampa, tal como le ocurrió a Matilde cuando se desmayó en el mercado. Además las varillas deben haber dejado más de un moretón en las piernas de sus dueñas.

Menos engorrosas que el miriñaque eran las crinolinas Una serie de enaguas muy almidonadas que ejercían la misma función que la del miriñaque, la de formar una campana bajo la falda. Aunque el miriñaque quedó extinto en 1870, el modisto Christian Dior puso de modas las crinolinas en su “New Look” del 47 y siguieron haciendo furor a través de toda la Era del Rock como podemos apreciar en películas de Elvis o Vaselina.

 

Aunque como prenda los antecedentes del miriñaque se pueden rastrear bastante más atrás fue a mediados del siglo XVIII cuando esta prenda alcanzó sus dimensiones más desorbitadas. En cierta forma sin la revolución de la era de las máquinas la popularización del miriñaque parece imposible, en 1859 la ciudad inglesa de Sheffield producía a la semana alambre de acero para medio millón de miriñaques mientras que el tejido se confeccionaba con las máquinas de coser americanas recien importadas. Sin embargo dos nombres destacan en la historia del miriñaque: el modisto inglés Charles Worth y la emperatriz Eugenia.

La leyenda dice que la prenda fue un invento de la emperatriz para ocultar su embarazo pero lo más probable es que Worth la creara basándose en prendas anteriores y para eliminar la necesidad de las numerosas prendas que se necesitaban para “hinchar” la falda, el uso que hizo de ella la emperatriz Eugenia la puso de moda y en 1856 era lo más “in” de las calles de Paris y Londres. Las opiniones de las usuarias variaban mientras que algunas afirmaban que ponérselo era imaginar que flotaban en él como en una nube, otras lo consideraban engorroso y una molestia en los cada vez más populares viajes en tren. Madame Carette, de la corte de la emperatriz Eugenia, lo responsabilizaba de la desaparición de algunas normas de cortesía:

“era un puro arte evitar que los aros de acero se saliesen de su sitio. […] Viajar, tumbarse, jugar con los niños o simplemente darle la mano a alguien o pasear con otros eran problemas para cuya solución había que tener muchas ganas y buena voluntad. Por ese tiempo más o menos fue cuando, poco a poco, se pasó de moda el hecho de que un hombre le ofreciera el brazo a una señora cuando deseaba acompañarla”.

Las autoridades médicas responsabilizaron a los miriñaques de extender el reumatismo entre las mujeres debido al abandono de las prendas de antaño y por encajonarse entre armazones y aros, pero el mayor peligro al que se exponían las usuarias era el fuego, las dimensiones del vestido unidos a la facilidad de sus tejidos para arder provocaron muchos accidentes y varias muertes. En 1859 la emperatriz Eugenia abandonaba la prenda y en los cinco años posteriores la popularidad de la prenda cayó poco a poco.

En el proceso y en la popularización del miriñaque uno de los colectivos más beneficiados (aparte de los caricaturistas) fue la industria textil y los creadores de tintes. En 1859, en el apogeo de las dimensiones del miriñaque, eran necesarias cuatro faldas escalonadas y un montón de perifollos, además la nueva prenda descubría los tobillos por lo que creció la demanda de medias de colores y, por si acaso, enaguas nuevas. Si de repente algún color se ponía de moda la cantidad de tinte para cubrir tantas prendas podía elevar los beneficios de una empresa hasta límites insospechados. Eso fue lo que ocurrio con el malva, el primer tinte sintético descubierto por casualidad en 1856 por William Perkin, a la creadora de moda de la época, de nuevo la emperatriz Eugenia, le pareció que el color iba bien con sus ojos y no dudó en recomendarselo a la reina Victoria que acudió vestida de ese color a la boda de su hija, así convertido el color en una moda la fabrica de tintes de Perkin pudo consolidarse.

 

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